El ISIS envía niños adictos al pegamento, vía Ceuta, para causar “terror en Europa”

  • Han huido de sus casas en Marruecos, tienen entre 11 y 14 años y Ceuta es su primera parada en el viaje. Hay drogas y armas con las que se preparan para ‘alcanzar’ su sueño: la ‘buena vida’ en París, donde son temidos

El niño de la cazadora rosa llega al hangar en ruinas de la vieja estación de ferrocarril de Ceuta. Lo hace a media tarde con la cabeza agachada, las manos negras y con mono de pegamento. Aspira a pulmón abierto cinco veces la bolsa de plástico. Como las que te dan en las tiendas de chucherías pero con un pañuelo negro dentro impregnado de cola y disolvente de pintura mezclado con un poco de agua. Vuelve a aspirar. Cae a uno de los seis colchones mugrientos. Balbucea. Se enciende un cigarro con actitud de adulto. Bebe un chupito de ron barato… El niño de la cazadora rosa tiene sólo 11 años. Y parece anímicamente hundido. Es el tercer día consecutivo que intenta colarse sin éxito en los bajos de los camiones que cruzan en ferry El Estrecho. Los otros tres críos que le acompañaban sí lo han conseguido. Llegarán en un pis pás a la Península, a lo que llaman la “bonne vie” (buena vida). Aunque su objetivo final serán las calles de la ciudad de la luz, París. Con un poco de suerte recorrerán 1.900 kilómetros encajados en un recoveco del vehículo durante tres días sin moverse. Lo vienen contando con alarma los medios franceses: “Las calles de la capital se están llenando de centenares de menores marroquíes adictos al pegamento que vienen de Ceuta”. “Nunca hemos visto a tantos niños drogodependientes deambulando por los barrios del norte”, resumía la alcaldesa parisina Anne Hidalgo. Estos días, una veintena de críos llegados de Ceuta, deambulan por las calles de Goutte-d’Or pidiendo limosna, esnifando pegamento y han atracado a dos turistas japoneses.

El niño frustrado de la cazadora rosa es el eslabón pequeño de una gran cadena de violencia y marginación. Un MENA (Menores Extranjeros No Acompañados) que, como el resto de menores llegados a Ceuta desde Marruecos, son tutelados por una ciudad autónoma de la que quieren escapar. Invisibles durante dos décadas por parte de los caballas -ceutíes-, que ahora no les quitan el ojo. Una decena de atracos sufridos este año les cargan de razón. El clima en Ceuta está tenso. Hay miedo y, en ocasiones puntuales, odio hacia un colectivo que les inspira terror, pero cuyo problema es más profundo que la generalizada violencia callejera, con muerte incluida.

“Todo ha empeorado desde el asesinato en la playa. Eso no está bien, se le fue la mano”, dice el niño de la cazadora rosa. Se llama Hamed, es de Rabat y tiene la paciencia oriental suficiente para intentar cumplir su sueño al día siguiente. Ir a París. Habla de cuando hace dos semanas un mena asestó una puñalada a un adolescente en un paso de cebra junto a la playa ceutí de La Ribera para robarle la gorra y una cadena de oro. Era amigo suyo.

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“Pero no todos somos asesinos como nos dicen”, intenta defenderse Hamed. A su lado, liando un porro de hachís sentado encima de un cubo, está Hassim. Tiene 14 años y una herida en el hombro porque la noche anterior un vecino le lanzó una piedra. El que está encendiendo una pequeña hoguera con bolas de clinex y aceite es Ussama. El chaval de 13 años colocado con la mirada perdida, el único que parlotea un poco de español, es Abderahman. Y al risueño con cara de pillo le llaman Problemas, aunque su nombre es Abdu y tiene 12 años. Hay 10 menores más con ellos repartidos por este antiguo hangar del Ejército, su refugio junto al puerto, lleno de toneladas de basura y botellas rotas, esperando cruzar a la Península cualquier día. Les cambia la cara al hablar de ello. Sonríen. Y sueñan tras las primeras inhalaciones de pegamento. Son niños vulnerables drogadictos que cuando están puestos no controlan sus acciones.

Todos han entrado en Ceuta camuflados entre la avalancha de 10.000 porteadores que cruzan a diario la frontera del Tarajal o con sus propios pasaportes. La mayoría han sido tutelados y recibidos en el Centro Esperanza, donde les dan un hogar hasta la mayoría de edad, una cama, comida caliente y una formación académica y laboral. De los 15 que encontramos en el hangar -la noche anterior, nos dicen, había 30 durmiendo allí- cuatro de ellos nunca han entrado en el registro de menas. No existen para las autoridades.

“Cuando llegamos a Ceuta huíamos de malas familias o de las calles esperando encontrar aquí un futuro. Y no lo hay. En los centros de acogida nos tratan mal, por eso no queremos estar allí. Yo en Marruecos nunca había robado y aquí lo tengo que hacer para sobrevivir“, intenta justificar Abderahman. Pero la mayoría de estos críos callejeros -según las autoridades, un 20% de todos los menores que entran– sí que han tenido problemas con la justicia de su país y conocen bien la vida en los reformatorios. A otros, sus padres los mandaron solos a España porque creían que aquí iban a tener un futuro mejor.

La noche, como la anterior y la del día siguiente, trascurre oscura y fría. Con cigarrillos, porros, pegamento, ron, vino, cerveza, una especie de fabada con garbanzos y judías blancas de cena… Un viaje psicodélico que durará hasta las ocho de la mañana. Ussama, que llegó a Ceuta en marzo del año pasado, cuenta cómo un día fue al centro de menores puesto hasta arriba de pegamento y metió mano a una de las monitoras. Al día siguiente no se acordaba de nada y no ha vuelto por vergüenza.

El abusador

A medida que pasan las horas los 15 críos se vuelven más apáticos, desconfiados, alterados. Pero no están solos. Aparece la turbia figura de los tres adultos que habitan con ellos en este bloque de tres plantas pegado a una residencia de ancianos. Hay que prestar atención especial a un hombre que parece el jefe del grupo. Le llaman Berkani y dice que ha estado años trabajando de agricultor en El Ejido y como traficante de hachís en Almería. Cuenta que su misión en el hangar es cuidar a los niños que se escapan del centro. Comprobamos que él les suministra las drogas. Compra los botes de disolvente y la cola en las ferreterías por cinco euros y prepara la pócima sedante a los críos, que quedan a su merced. También somos testigos de un asunto aún más turbio y repugnante. Los tocamientos y caricias que Berkani hace a los niños. El destello de la pequeña hoguera deja ver como un crío suplica al hombre que le dé un poco de pegamento mientras este le mete la mano por detrás del pantalón. Escenas vomitivas vistas por el reportero y el fotógrafo. Y denunciadas ante el fiscal de menores de Ceuta. Al cierre de este reportaje sabemos que Berkani sigue en el hangar con los niños.

-¿Berkani, la Policía sabe que estáis aquí?

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-Claro, si vienen todos los días. Miran y se van. De vez en cuando se llevan a alguno al centro, pero se escapa al día siguiente.

Vemos como la Policía Local de Ceuta aparece en el hangar al caer el sol, miran con pasividad a los niños visiblemente colocados de pegamento, preguntan por un coche aparcado en la calle y se largan. Su obligación sería llevarles al centro de menores. Por eso es chocante coger el periódico local de ese día y leer el titular: “La consejera de Asuntos Sociales, Adela Nieto, asegura que la ciudad ejerce bien la tutela de los mena”. Duro es seguir leyendo que el Gobierno autonómico destina más de 5,2 millones de euros a la intervención social de estos críos mientras observamos cómo Berkani mira y toca a los que están en la calle.

Las siguientes cuatro noticias hacen referencia a los continuos atracos de los menas. Incluso a punta de pistola, denuncian algunos vecinos. No es difícil conseguir un arma en esta ciudad. En el barrio de El Príncipe por 150 euros tienes una con balas incluidas y por 80 puedes comprar una pistola estropeada que sirva para achantar en los atracos. Los críos del hangar sólo reconocen tener algún “pincho” (navaja) para defenderse.

“Estamos viviendo un clima de criminalización de los chavales que no es normal. Gran parte es un bulo mediático acusador de un grupo numeroso de personas hacia los MENA“. Palabras de la mujer que seguramente sea la persona que más ha luchado y preocupado por estos muchachos. Es María Antonia Palomo, jefa del Área de Menores de Ceuta. Los propios MENA -tanto los de la calle como los que están en los centros- hablan de ella como de una madre. “El asesinato que hubo [la víctima era de Tetuán y paseaba tranquilamente por Ceuta] no tiene ninguna justificación, ha incendiado de manera desmesurada el ambiente que ya estaba tenso. Pero hace menos de un año cuatro menores nacidos en Ceuta asesinaron a un porteador y no hubo ninguna revolución ni cacerolada vecinal”, defiende la funcionaria. Con cacerolada se refiere a la concentración de esta tarde promovida por el grupo de Facebook Ceuta Insegura -con 13.100 miembros en una ciudad de 84.000 personas– que recopila y comparte noticias reflejando la problemática de violencia que se vive en los barrios. Muchos ceutíes dicen que salen a la calle con miedo, que la situación es insostenible.

“Estamos elaborando un plan de intervención contra la violencia y la drogadicción que lo van a llevar a cabo educadores sociales distribuidos por los seis barrios conflictivos donde más incidentes hay cada semana“, explica María Antonia. Sus datos apuntan a que el año pasado el Gobierno atendió a 809 menores, un 40% más que en 2015. Ahora hay cerca de 300 tutelados en Ceuta. De ellos, 160 están en el Centro Esperanza, con una capacidad real para no más de 70 personas. La última instrucción de la Fiscalía fue en 2004, determinando que los niños menores no acompañados que cruzan la frontera tienen que ser amparados por la entidad pública. Cuando lo hacen se establece un protocolo sanitario para determinar su edad y, como explica María Antonia, “diferenciar a los niños de la calle de los que realmente tienen un proyecto de vida y se quieren quedar aquí. Esos son el 80%”.

Entre la educación y las drogas

Lo primero que se hace es darles clases de inmersión lingüística para que aprendan el idioma y así poder integrarlos en los colegios. A partir de los 16 años les buscan programas de formación profesional para que puedan aprender un oficio. Los menores, cuando acaban sus actividades extraescolares en los centros, tienen cierta libertad para salir, por eso no les cuesta escaparse. “Es normal que los que están en la calle no quieran volver a las residencias porque allí no pueden drogarse. Por eso hay que ayudarles desde el mismo lugar donde se esconden”, finaliza la jefa del área.

Los chicos del hangar sólo tienen en mente cruzar a la Península. Según José Carlos Cabrera, investigador de estudios árabes contemporáneos de la Universidad de Granada, en 2016 cruzaron el estrecho 350 menores. Estos fueron los localizados. “En lo que va de este año, más de 100, y su propósito es ir a Francia o a Alemania. En Ceuta abren la mano porque les interesa que salgan de la ciudad. Cuando el niño se cuela en el ferry ya no es problema suyo”, explica Cabrera.

Los menas callejeros del hangar siguen colocados de pegamento esperando el momento de cruzar. Y no sólo en su escondite. Días después de estar con ellos les vemos esnifando cola el viernes a las tres de la madrugada en un parque del centro de Ceuta, ante la impasividad de los numerosos agentes que patrullan las calles. Los chavales están mirando el Facebook -algunos tienen móviles robados-. Mantienen el contacto por la red social con los chicos que ya se han ido. Unos cuantos ya han llegado a París. Porque la cigüeña ya no viene de la capital francesa. Ahora sale de Ceuta escondida en los bajos de los camiones.

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